En los años 80, los cárteles de Colombia tenían cientos de miles de millones de dinero negro que debía ser blanqueado y en el fútbol muchos de ellos encontraron la manera perfecta de conjugar sus aficiones con el negocio. La contratación de grandes jugadores y la venta de entradas pasó a ser la tapadera ideal para este oscuro trabajo. Los grandes jefes de la droga traspasaron su batalla comercial a los terrenos de juego, coincidiendo en aquella década que tres de los capos controlaban a los mejores equipos del país. Escobar no quiso decantarse por ninguno de los clubes de Medellín y decidió financiar tanto al Atlético Nacional como al Independiente, contando con gente de su confianza en ambas directivas. Su primo Gonzalo Rodríguez Gacha, apodado el Mexicano, controlaba el Millonarios de Bogotá, mientras que sus enemigos del cártel de Cali, los hermanos Rodríguez Orejuela, tenían a su cargo el club de la ciudad, el América.

El América de Cali conquistó la liga colombiana durante 5 años consecutivos, entre 1982 y 1987, llegando a tres finales de Copa Libertadores, en las que no pudo alzar el título. Algunos jugadores cobraban salarios que solo se veían en Europa, los estadios estaban casi siempre llenos y los árbitros les favorecían cuando era necesario, Nadie alzaba la voz y aquella hegemonía parecía no tener fin. Todo cambió cuando sus rivales del cártel de Medellín decidieron pelear con las mismas armas para contrarrestar al América. En 1988 el Millonarios, juguete particular del Mexicano, lograba liga y copa colombiana, así que ya solo faltaba el Patrón Pablo Escobar por llevar a uno de sus equipos a la gloria…

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Bajo el slogan “Medellín sin tugurios”, Pablo Escobar colaboró en la creación de decenas de canchas y cursos de formación, de los que acabaron saliendo algunas de las grandes estrellas del país como Leonel Álvarez o Alexis García. Con el fútbol, el Patrón ayudaba a los jóvenes a salir del mundo de las drogas, que recordemos, él mismo controlaba. Una contradicción en sí misma…

Esta pasión por el deporte rey llevó a Escobar y a Gacha a realizar en la Hacienda Nápoles, la mansión del Patrón, partidos en los que se juntaban algunos de los mejores jugadores del fútbol colombiano, que cobraban grandes cantidades de dinero por aquel espectáculo. Los narcos mezclaban los equipos como si estuvieran en el recreo, sin importar su club de procedencia, y se cuenta que llegaban a apostar millones de dólares en aquellos curiosos partidillos. Esta relación de Escobar con los futbolistas fue bastante polémica cuando René Higuita fue pillado yendo a la prisión a visitar al capo de la droga. Más tarde, otro jugador de aquella época, Faustino Asprilla, reconoció que prácticamente todos los grandes futbolistas habían hecho lo mismo, e incluso habían participado en pachangas privadas dentro de la cárcel para entretener al Patrón.

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Escobar seguía obsesionado con lograr los títulos que el resto de capos ya habían obtenido, y se tomó la temporada de 1989 como la de la culminación de un sueño que a la postre terminaría en pesadilla. Las amenazas a árbitros habían ido a más y tiempo después se supo que a finales del año anterior el colegiado Armando Pérez fue secuestrado y advertido de las posibles consecuencias en caso de que no colaborara: “Plata o plomo”. El principio del fin se produjo tras un partido entre el América de Cali y el Independiente de Medellín. Escobar salió muy disgustado por la derrota, y ordenó la ejecución del árbitro. El linier Álvaro Ortega fue asesinado a sangre fría por los matones del Patrón y aquello provocó la renuncia de varios colegiados de la liga por el miedo a sufrir el mismo destino. La federación no tuvo más remedio que suspender la competición y dejar el título desierto por primera y única vez en la historia del fútbol colombiano.

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Pocos meses antes el Nacional había logrado la Copa Libertadores, el trofeo más importante del continente que por primera vez acababa en las vitrinas de un club colombiano. Dirigidos por Maturana, el equipo de Medellín hizo historia con un 11 de jugadores cafeteros. La final no pudo ser más emocionante, el Olimpia paraguayo venció 2-0 en su estadio, y en la vuelta se repitió el mismo resultado. La lotería de los penaltis fue benévola con el Nacional, permitiendo que el equipo de Pablo Escobar lograra lo que sus enemigos de Cali llevaban años esperando. En la temporada siguiente, el árbitro Daniel Cardellino acusó al conjunto de Medellín de amenazas y esta denuncia acabó con la expulsión del los equipos colombianos de las competiciones internacionales como local durante dos años.

En los últimos años de Pablo Escobar, e incluso tras su muerte en 1993, la selección colombiana se aprovechó del crecimiento que su fútbol obtuvo en los años del narcotráfico, logrando una victoria histórica en el Monumental de Buenos Aires. El 0-5 con el que los cafeteros humillaron a la albiceleste vaticinaba un Mundial de Estados Unidos exitoso. En la fase final, los colombianos sintieron la presión y no lograron pasar de la primera ronda. El desafortunado autogol de Andrés Escobar fue la imagen de una selección sin ideas, que no pudo demostrar todo el potencial que llevaba dentro. Pocos días después, un grupo de personas que en tiempos fueron colaboradores del Patrón, discutieron en un bar con el defensa que se había metido el gol en propia y lo acabaron matando. Colombia volvía a estar en todas las portadas de los periódicos, y no por sus éxitos deportivos precisamente. La violencia volvía a inundar el fútbol del país. Muchos descubrieron aquel día que la sombra de Pablo Escobar era demasiado alargada…

Nacional de Medellín – Club Olimpia

El Campín de Bogotá estaba lleno hasta la bandera en busca de la proeza de remontar el 2-0 del partido de ida en Paraguay. El conjunto guaraní llegaba liderado por el paraguayo-español Raúl Vicente Amarilla, que tras jugar en Racing de Santander, Real Zaragoza y Barcelona volvió a su país de origen para llevar al Olimpia a la final de Libertadores, siendo el máximo goleador de la competición en aquella temporada. Enfrente, el Nacional de Medellín, dirigido por Pacho Maturana, contaba con un 11 íntegramente colombiano en el que destacaban el peculiar guardameta René Higuita, el malogrado Escobar, Usuriaga y Leonel Álvarez.

 

Nacional comenzó el partido presionando arriba, contagiado por el empuje de la grada. Álvarez campaba a sus anchas en el medio campo llevando el peso de partido y conectando con Usuriaga para que tantear al guardameta visitante Almeida. Amarilla avisaba a a la contra, siendo una amenaza constante para la retaguardia cafetera y teniendo un par de ocasiones claras, pero aisladas. La nota de color la puso, como no, René Higuita que salió un par de veces del área para poner a prueba los corazones de los aficionados de Nacional. Los locales lo intentaban pero no eran capaces de crear demasiado peligro en un partido que los paraguayos tenían bastante controlado al concluir la primera mitad.

Nada más comenzar la segunda parte, un fallo en cadena de la defensa guaraní acabó con un gol en propia del central Miño, provocando un terremoto en la grada del Campín. El Nacional empezó a creerse que había opciones de hacer historia y la altura de Bogotá comenzó a hacer mella en los jugadores paraguayos. El partido empezó a ser un asedio de los locales con un Almeida que hacía lo que podía para mantener la ventaja. Finalmente tras una salida en falso del cancerbero visitante, Usuriaga remató a la red y puso el 2-0 en el luminoso, igualando la eliminatoria. Desde ese momento los nervios se apoderaron de ambos conjuntos que no fueron capaces de mover el marcador, llegando hasta la tanda de penaltis.

A la emoción del momento se suma la narración del comentarista colombiano que vive los penaltis con una pasión inusitada. Tras igualar a 4 en los 5 penaltis reglamentarios, la muerte súbita dirimiría el campeón de la Libertadores que se enfrentaría al Milán en la Intercontinental. El show de René Hiiguita estaba a punto de comenzar… El guardameta colombiano paró tres penaltis consecutivos pero sus compañeros no acertaron a sentenciar y la tanda se alargó hasta el turno de Sanabria. El jugador del Olimpia falló el séptimo lanzamiento consecutivo de la tanda y dejó una nueva oportunidad a los de Medellín de alzar la Copa. Leonel Álvarez, posiblemente el mejor jugador del partido, se acercó al balón y con la tranquilidad que había demostrado durante los 90 minutos cruzó el balón para hacer historia y lograr la primera Copa Libertadores del fútbol colombiano.