“Duele saber que fuimos un elemento de distracción para el pueblo argentino mientras se cometían atrocidades”. Así se expresaba Osvaldo Ardiles, campeón del mundo con la selección argentina en 1978, años después de aquel Mundial tan controvertido que dividió a la opinión pública sobre la conveniencia de disputarse. Todo comenzó el 24 de marzo de 1976 cuando el general Rafael Videla encabezaba un golpe de Estado para echar a Perón del poder y una Junta Militar encabezada por el propio Videla se hizo con el poder de la nación argentina.

Dos años más tarde, Argentina era el país encargado de acoger el Mundial de fútbol. En los meses previos la Junta Militar promulgó un estado de tranquilidad, pensando que un éxito deportivo pondría a los ciudadanos de su parte y un sentimiento de identidad nacional inundaría las calles. Por su parte los jugadores de la albiceleste solo buscaban dar una alegría a la gente y que se olvidaran de los problemas que muchos de ellos estaban viviendo. Liderados por Menotti, un entrenador de larga melena con ideas progresistas, Argentina realizó un entrenamiento casi militar con las miras únicamente puestas en el título. Pero no todos los futbolistas fueron tan benévolos: grandes estrellas mundiales como Johan Cruyff o Paul Breitner decidieron no acudir a la cita en señal de protesta por las atrocidades que se estaban cometiendo en el país anfitrión. El portero sueco Hellstrom fue más allá y acompañó a “las Madres de la Plaza de Mayo”, que se manifestaban cada semana en la Casa Rosada para pedir explicaciones por sus hijos desaparecidos.
En lo meramente futbolístico, aunque sea difícil evadirse, Argentina tenía un equipo repleto de ilusión pero falto de fútbol. En una primera fase con más pena que gloria, cayeron contra Italia en el último partido, lo que les obligaba a jugar la segunda liguilla fuera de Buenos Aires, en Rosario. Esto acabó favoreciendo a los anfitriones que se encontraron en un estadio pequeño, con un público enfervorecido y un matador Kempes hipermotivado, ya que regresaba al campo donde dio sus primeros pasos como futbolista profesional. El último partido de esta segunda fase  contra Perú era a vida o muerte. Un resultado con una diferencia de cuatro goles o superior para los albicelestes les hacía finalistas, cualquier otro marcador les mandaba fuera y lo que era peor, regalaba el pase a la gran final a la selección canarinha.
Con el partido de Brasil ya finalizado, la misión de los argentinos era clara: intentar marcar el máximo número de goles posible ante una Perú ya eliminada. Cuarenta años después siguen las conjeturas sobre las injerencias de la Junta Militar en este partido, con la evidencia probada de que Videla bajó al vestuario visitante a dar una charla sobre la unidad y confraternidad entre ambos países. Viendo el partido cada uno puede sacar sus conclusiones, pero lo cierto es que la primera parte fue muy igualada, incluso Muñante estuvo a punto de adelantar a los peruanos en el marcador con una gran vaselina sobre Fillol que acabó en el poste.
El seleccionador de Perú dejó en la grada a los dos delanteros titulares Sotil y La Rosa, además de poner en el lateral izquierdo al joven Rojas que jugaba sus primeros minutos del torneo. Dos decisiones extrañas que echaban más leña al fuego. Sin embargo, los blanquirrojos seguían contando con un equipo de garantías con Cubillas, Chumpitaz, Cueto o Velásquez, entre otros, todos ellos en el 11 ideal histórico de la selección peruana y campeones de la Copa América de 1975. Argentina por su parte contaba con su once de gala salvo Osvaldo Ardiles: Tarantini y el capitán Passarela defendiendo la portería del Pato Fillol, con un medio campo muy trabajador y una delantera letal con Luque y el Matador Kempes.
El choque comenzó con una Argentina muy nerviosa que intentaba acercarse de manera desordenada a la portería de Quiroga. Las primeras ocasiones fueron de Perú guiados por un desbordante Cubillas, dos disparos de Oblitas y el ya mencionado poste de Muñante que silenció al Gigante de Arroyito. Pero el que primero golpeó fue el Matador, que ya llevaba varias arrancadas bestiales. Una pared perfecta y un disparo cruzado de Kempes abría el marcador para Argentina, que se desbocó a partir de ese momento. Sin un juego definido pero con mucha fe, los acercamientos se repetían, entre ellos dos palos de Luque y Ortiz, que fueron el preámbulo del psicológico 2-0 de Tarantini justo antes del descanso.
Tras un primer tiempo igualado, en el segundo los peruanos salieron rendidos. Solo a base de faltas intentaban frenar parar la estampida albiceleste, pero ni aun así fue suficiente. Kempes y Luque marcaron con apenas un minuto de diferencia para poner un 4-0 que metía a los argentinos en la finalísima contra Holanda. Los locales, alentados por una grada enfervorecida, buscaron ampliar la distancia en el marcador ante un rival inoperante. Housemann, que acababa de salir, y un nuevo tanto de Luque sentenciaron el encuentro con una goleada para la historia. Los fallos defensivos y la dejadez absoluta de la defensa peruana daban argumentos a todos aquellos que dudaban de la limpieza del partido, pero en Rosario las banderas argentinas ondeaban al viento antes de viajar al Monumental en busca del ansiado primer Mundial para la selección sudamericana.
Ya en la ducha, el defensa Tarantini hizo una apuesta con el capitán Passarella: “Cuando Videla baje al vestuario a felicitarnos, me enjabonaré las bolas y luego le daré la mano”. Previamente el central había preguntado al dictador sobre varios amigos suyos desaparecidos y no obtuvo ningún tipo de respuesta, por lo que ésta fue su venganza.  Aquí está la foto del mítico momento del choque de manos entre ambos.

Argentina – Holanda (Final Mundial 1978)

El país se encontraba en un estado de euforia colectiva, desconocida en los últimos tiempos, ante la llegada de la final. Los invitados a la fiesta, la selección de Holanda, un conjunto conocido como la Naranja Mecánica e inventores del fútbol total. La salida al campo de los anfitriones fue espectacular, una lluvia de papelitos albicelestes crearon una atmósfera bellísima que tardará tiempo en olvidarse. Los 90 minutos finalizaron con 1-1, con goles de Kempes y Nanninga, y en el descuento los holandeses estrellaron un balón en el poste que seguramente provocó más de un infarto entre los asistentes a la cancha de River. Las palabras de Menotti en la pausa antes de la prórroga fueron premonitorias: “Señores, ese balón no entró, así que ya somos campeones del mundo”. En en tiempo extra, la albiceleste sentenció con dos nuevos goles de Kempes y Bertoni y el Monumental se vino abajo. Una de las imágenes de esa celebración fue el abrazo entre Tarantini y el portero Fillol, que fueron sorprendidos por un aficionado sin brazos que se unió a ellos creando una de las instantáneas más bonitas de la historia del deporte, “El abrazo del alma”.


Todo el país salió a las calles a festejar el triunfo. Las manifestaciones estaban prohibidas en Argentina, y especialmente en Buenos Aires, mucha gente salía a la calle por primera vez desde el golpe encontrándose a conocidos e incluso a militantes políticos clandestinos que no veía desde entonces. Había sido un mes de liberación para un país que estaba sufriendo demasiado y esa noche fue el colofón perfecto. Los argentinos tenían una mezcla de sentimientos difícil de explicar. Tantos años soñando con hacer algo grande en un Mundial, y tuvo lugar en una dictadura durísima. Con el tiempo se descubrieron escenas macabras como las que sucedían a poco más de un kilómetro del Monumental, en la ESMA (Escuela Mecánica de la Armada), un cuartel de la marina donde los más de 5000 presos que pasaron por allí escuchaban al unísono los gritos de celebración en el Estadio de River y otros más desgarradores de sus compañeros torturados. Estos presos generalmente abandonaban el cuartel drogados y eran arrojados al río de la Plata.
Como dijo Trapattoni: “Argentina en cualquier otro país no hubiera pasado de la primera fase”. Quizás fuera verdad.  Muchos argentinos siguieron pensando que igual la corrupción fue lo único que les hizo campeones. Ese malestar del aficionado argentino fue subsanado ocho años más tarde por Bilardo y Maradona ganando un mundial sin discusión posible, pero eso ya es otra historia…
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